La decisión de Sophie

  

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El fin de semana pasado he visto la película “la decisión de Sophie”, dirigida por Alan J. Pakula en el año 1982. El film trata la historia de una inmigrante polaca de los Estados Unidos, que rehace allí su vida tras un desdichado pasado que la llevó a un campo de concentración nazi, donde fue forzada a decidir entre dejar sobrevivir a su hijo o a su hija. Pero parece que el infortunio pende sobre su cabeza, pues ahora, ya fuera de peligro, se ve abocada a tomar una nueva y drástica decisión, o bien seguir su vida con un inteligente hombre que sufre esquizofrenia paranoide, o bien con un joven escritor (no daré más pistas acerca de la trama, a mí no me gusta que me cuenten las películas, prefiero verlas y tomar mis conclusiones por mí mismo). La interpretación del personaje de Sophie corre a cargo de la actriz Meryl Streep, que le valió un premio Óscar a la mejor actriz, aunque si soy sincero a mí todavía me ha sobrecogido más el papel de esquizofrénico, el actor borda el papel.

“La decisión de Sophie” y un artículo que leí en un periódico me han servido para descubrir una encantadora poetisa americana llamada Emily Dickinson, la cual está considerada -por muchos estudiosos – junto con Walt Whitman, Ralph Waldo Emerson, y Edgar Allan Poe, como el grupo fundacional de la poesía americana moderna. Emily Dickinson tuvo una vida muy interesante. Prefirió mantenerse en el más estricto anonimato, publicando menos de una decena de poemas en vida. Los aproximadamente 1000 poemas de su autoría fueron publicados de manera póstuma. En vida, Emily prefirió retirarse a vivir con los suyos apartándose del mundanal ruido, lo cual me parece una decisión fantástica, pues la pantomima de la fama debe ser algo muy agobiante.

Como muestra de la poesía de la dulce Emily incluyo aquí el poema que es recitado en la película de la que aquí hablo.

 

 

Amplio haced este lecho.
Preparad este lecho con espanto
y en él esperaréis hasta que llegue el día de El Juicio,
bueno y claro.

Recto colchón ponedle,
que redonda la almohada sea
y que el ruido amarillo del sol naciente nunca,
nunca turbe esta tierra.

 

Emily Dickinson

 

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