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Luz que agoniza.

 

El director Georg Cukor fue el autor de los angustiosos 114 minutos de metraje de la película Gaslight (Luz que agoniza), en la que no agonizan sólo las luces de gas, sino también la cordura de la protagonista, Paula Alquist (Ingrid Bergman).

Este film, clasificable tal vez como cine de intriga, nos presenta un ambiente fuertemente opresivo y escalofriante. Paula Alquist es cortejada por un hombre completamente posesivo, en una relación tóxica de película, Gregory Anton (Charles Boyer), que está más interesado en la casa londinense de la protagonista que en ella misma. La historia que esconde Anton es que en realidad él no es otra cosa que un ladrón yo diría psicópata y frío, que unos diez años antes había asesinado a la tía de Paula, en un fallido intento de robar sus joyas, de gran valor.

 

 

Anton registra con gran dedicación toda la casa, al mismo tiempo que trata de convencer a Paula y a sus criados de que ella está loca. Vamos, un hijodeputa de campeonato, que cuando ves la película te dan hasta ganas de arrearle unas hostias hasta despeinarlo. Las intenciones de Anton pasan por tener controlada su mujer, mientras busca desesperadamente las joyas por toda la casa, que son el único contenido de la misma que le atrae.

Las maquinaciones de Anton son desenmascaradas por un agente de Scotland Yard, Brian Cameron (Joseph Cotten), que como no podía ser de otra manera, se enamora de la chica que salva del martirio (una Ingrid Bergman que se sale en su papel y que recibió una estatuilla por su interpretación en los Óscar).

 

 

El film es muy entretenido, aunque muchas veces te dan ganas de hacer algo, oséase, darle su merecido a ese mamón. Aunque el argumento no es de 10, sí lo son las magníficas interpretaciones del reparto, en el que debuta Angela Lansbury en el cine, caracterizando a una respondona sirvienta. La evocación de la persecución y la paranoia en esta película, hacen de Luz que agoniza un entretenimiento que engancha desde el primer minuto, y que te mantiene en vilo durante todo el metraje, al estilo de los films de cine negro que por aquel entonces estaban tan de moda.

Con la muerte en los talones y la trolleada de Alfred Hithcock

 

Aquella en apariencia inocente escena de dos personas, una un hombre, por más señas, Cary Grant, y la otra una mujer, más concretamente Eve Marie Saint, que coinciden en la misma mesa del vagón comedor del expreso de Chicago, en la que ella le dice lindezas como que una trucha de río aparcará bien en el estómago de él, pues él le ha comentado que le ponen muchas multas de aparcamiento, y donde él se autopresenta como Roger O. Thornhill, ejecutivo de publicidad, es en realidad una trolleada de Alfred Hitchcock a su anterior productor (David O. Selznick). Más aún, Alfred pone en boca de Grant la respuesta «Nada», ante la pregunta de su «improvisada» compañera en la mesa «¿Qué significa la O?».

 

 

Trolleos aparte, Con la muerte en los talones es quizás el mayor elemento de diversión creado por Hitchcock. Para mí tiene un valor especial, pues fue la primera película que vi en color, en aquellos televisores voluminosos en los que era fácil saturar los colores y verlos muy vivos. Y aquella primera vez que la disfruté fue por hacerlo con personas que han representado mucho para mí.

 

 

Esta película es un circo en sí misma. Roger Thornhill, caracterizado por un Cary Grant en la cúspide de su carrera, con mucho encanto e ingenio en sus contestaciones, es confundido con otra persona, un agente secreto al servicio del gobierno (Sr. Kaplan) que deambula de hotel en hotel tras la pista de una organización de espionaje, cuyo cabecilla interpreta James Mason, secundado por un siniestro y frío Martin Landau, clavadito al ajedrecista Bobby Fischer, y es perseguido no sólo por la policía tras cargársele el muerto de un diplomático de las Naciones Unidas, sino también por la propia organización de espías, que preferirían verlo fiambre antes que deambulando de un lado para otro tras ellos. En medio de todo este barullo aparece el pibón (Eva Marie Saint), que interpreta el papel de Eva Kendall, y cuyo tira y afloja a favor de los malos y de los buenos después va a ser el hilo conductor del transcurso de la acción.

 

 

Quedando para la historia las famosas escenas de la avioneta fumigadora y de la persecución en las caras del Monte Rushmore, Alfred Hitchcock tocó techo con este film en su período dorado en el año 1959, con uno de los mejores guiones jamás escritos (a cargo de Ernest Lehman) y con una banda sonora que no le tiene nada que envidiar a las de Psicosis y Vértigo. ¡Cuántas veces he pasado un buen rato revisionándola! Incontables.

 

El hombre tranquilo

 

John Ford es ante todo conocido por sus análisis de la historia americana, pero también despuntan en su producción una serie de films en los que se recrea en sus orígenes celtas, películas como Qué verde era mi valle o El hombre tranquilo, son ejemplos, ambas de marcado corte costumbrista, pero muy entretenidas.

 

 

El hombre tranquilo es quizás el mayor exponente dentro de esta serie. Con una trama tragicómica, este film se centra en el regreso de Sean Thornton (John Wayne) a su Irlanda natal, procedente de la emigración a América. A su vuelta se enamora de Mary Kate Danaher (Maureen O’Hara), con la que mantiene una relación con muchos altibajos, alcanzando la película su clímax en la escena final de su pelea con el hermano de Mary Kate, Will Danaher (Victor McLaglen), un ex boxeador que se niega a darle al retornado la dote de su hermana. A pesar de la connotación machista que este detalle podría tener, sin embargo, como dije al principio, la película hay que contextualizarla a la época a la que se refiere, sólo se ciñe a las costumbres de entonces. Los tiempos han cambiado, y creo que para mejor. El film termina con ambos hombres borrachos como cubas, y haciéndose amigos, accediendo Will a la boda. Mary es más que un objeto de disputa. Quiere a Sean, pero no puede confrontarse con la voluntad de su hermano.

 

 

Como es característico de Ford, se combina una fotografía muy pintoresca y paisajes de gran belleza con los caracteres propios de la vida en el pueblo, con un resultado verdaderamente muy entretenido y a veces hasta gracioso, al explotarse la vis cómica de Wayne, en teoría un tipo duro, pero en el fondo sensiblero.

Cabe reseñar que Maureen O’Hara fue amiga íntima durante toda su vida de John Ford y de John Wayne, del que llegó a opinar «Wayne fue un verdadero hombre […] dénme un hombre como John». Sin embargo, aunque el público siempre pensó que ambos actores estuvieron casados, y aunque ella contrajo tres veces matrimonio, nunca lo hizo con John, y fue bastante desgraciada. Como curiosidad, se puede comentar además que las facciones de Dale, la compañera de Flash Gordon en el cómic en 1958, están basadas en las facciones de Maureen O’Hara.

Laura

 

A veces no basta con ser adorado y admirado por hombres y mujeres, respectivamente. La felicidad de una mujer no es sólo éso. Existen más factores en la vida. La joven diseñadora Laura Hunt (la bellísima Gene Tierney, guapa donde las haya) no es el atractor de la película, tampoco su amiga de la alta sociedad Ann (Judith Anderson), así como tampoco lo es su pretendiente Shelby (a cargo de Vincent Price), tampoco el policía Mark McPherson (Dana Andrews), que se enamora platónicamente de la chica guapa, más concretamente de su fantasma. El amanerado y jovial escritor y radiofonista Waldo Lydecker (Clifton Webb) es quien realmente forma en torno de él una tremenda fascinación, siendo el protector de Laura, haciéndola famosa, y obsesionándose con su vida como si le perteneciera.

 

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El film Laura, dirigido por Otto Preminger, es un raro combinado de cine noir, melodrama, y thriller. Algunas de las escenas más memorables son cuando Ann explica a Laura por qué Shelby debería ser su partenaire («Ambos somos perdedores»); o cuando se produce la cita romántica en la comisaría, que bajo las luces del interrogatorio sirve para que Mark vea por sus propios ojos el aura inigualable de la Tierney en su papel de Laura; o cuando Lydecker revela a Laura astutamente todo el conjunto de defectos de Shelby, así como que él está cenando con Ann cuando ella pretende llamarle. «Está cenando con Ann, ¿no lo sabías?». Lydecker no adora a Laura. Simplemente es un hombre que desearía ser mujer. ¿Quién no?

 

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Casablanca.

 

 

Si hay una película que haya dejado una huella imborrable en todos los cinéfilos amantes del cine clásico ésa es sin duda Casablanca, que obtuvo en el año 1942 el Óscar a la mejor película, el mejor guión y el mejor director (Michael Curtiz), y fue merecedora asimismo de cinco nominaciones más (actor principal, actor de reparto, fotografía, montaje y banda sonora). Al menos es sin lugar a dudas el film que ha generado más fanatismo entre los innumerables seguidores del cine de la época dorada de Hollywood. Este melodrama romántico fue hilvanado en los estudios de la Warner, de moda en aquella gloriosa década, que fueron convertidos en la fastuosa ciudad norteafricana. Se trata de la película que aporta más frases, clichés y actores de culto de entre los rodados en aquel decenio.

En su papel de Rick («de todas las tabernas…»), Humphrey Bogart, y en el de Ilsa, Ingrid Bergman («sé que no tendré fuerzas para dejarte otra vez»), recrean en su imaginación con el son de la melodía de «As times goes by» de fondo, los días de vino y rosas que vivieron juntos en París, antes de que la cruel guerra desmoronase el mundo («el mundo se derrumba y nosotros nos enamoramos»). Pero para muchos entendidos la interpretación que realmente se sale es la del secundario Claude Rains en el papel de Renault, que a pesar de su malicia, cinismo y desenfado es un romántico de primera, como queda patente en la escena en la que Rick le dice la famosa frase que cierra el metraje («esto podría ser el principio de una bella amistad»).

 

 

También es destacable el gran número de secundarios que asisten como concurrencia a Rick’s Cafe Americain, entre los que podríamos citar al evadido Victor Laszlo de Paul Henreid, el estafador Ugarte que interpretó Peter Lorre, quien reconoce que pone su confianza en Rick porque éste lo desprecia, o el mayor nazi Strasser de Conrad Veidt, el noble Sam de Dooley Wilson, o el empresario Ferrari, que trata de conseguir los servicios de aquél para su negocio. Puede parecer de perogrullo, pero si los extras no fueron los que fueron, esta película no sería lo mismo, hasta su elección se hizo bien.

Infringiendo los cánones del pulso narrativo y como fruto de una improvisación continua, Curtiz entretejió en torno al nudo de la escena del flashback a los días de París, una historia complicada, pero con mucho gancho. Según se dice, el guión se reescribía todos los días que duró el rodaje, y los actores no conocieron el desenlace hasta que realmente lo interpretaron.

…Y termina Casablanca una vez más, y a todos nos queda una rémora en las sienes, un runrún en la cabeza picando a cincel la pregunta de que sería de los personajes en su vida en los lacerantes y tempestuosos años que vinieron después de la bella historia que nos presenta.

 

 

Billy Wilder en bandeja de plata

 

 

Que un director de cine gane dos veces el Óscar en calidad de mejor director, y tres veces en calidad de mejor guionista no puede ser un fruto de la casualidad o del fenómeno fan, y más aún en los tiempos de la segunda mitad del siglo XX, cuando el cine no era todavía la máquina comercial que es hoy en día. Billy Wilder, tal vez el mejor cineasta de todos los tiempos lo hizo, y no sólo eso, sino que además fue nominado en la impresionante cantidad de ocho veces como director y de doce como guionista.

Todas las producciones de Wilder llevan marcada la impronta de su inconfundible sello personal, materializada en la forma de unos diálogos mordientes e hipnóticos que enganchan al espectador desde el comienzo de la película, una caracterización de los personajes sorprendente, en ningún caso maniquea, con sus vicios y sus virtudes bien a la vista, y un ritmo de la acción frenético y trepidante que no deja lugar en ningún caso al aburrimiento en ninguna de sus formas, todo ello sazonado con una ironía, sarcasmo y sentido del humor de un gusto poco habitual. Este maestro supo diseccionar la condición humana como nadie lo había hecho antes en el séptimo arte.

Billy Wilder, ciudadano polaco de origen judío, que tuvo que emigrar a Estados Unidos en tiempos de la persecución nazi, pasó hambre y miseria recién llegado a América, y tras sus primeros trabajos escritos para la Paramount, encontró en la figura de Ernst Lubich a su verdadero preceptor. El resto es ya historia. Produjo y dirigió 26 películas, de las cuales ninguna de ellas es deficiente, más bien se diría que rozan todas la perfección (si es que la perfección existe). Además de esto, escribió 60 películas como guionista. En su lápida del cementerio de WestWood en Los Ángeles está escrito un simpático epitafio, que nos muestra que fue cosechador de la ironía no sólo en sus excelentes films sino también en su propia vida personal: «I’m a writer but then nobody’s perfect».

Como últimamente he visto “En bandeja de plata”, una de sus películas injustamente menos valoradas, me he sentido obligado a hablar un poco de este film.

El guión de “En bandeja de plata” corrió a cargo de I.A.L. Diamond y del propio Wilder (que habían cooperado también en “El apartamento” y en “Con faldas y a lo loco”, otras dos películas dignas también de ser visionadas).

En esencia el argumento consiste en que un cámara de televisión llamado Harry Hinkle (papel desempeñado por Jack Lemmon), recibe un golpe fortuito y puramente producto del azar en el transcurso de un partido de fútbol americano, que le es propinado por un inocente y bonachón jugador, y que le provoca una mala caida. Lo que en un principio parece algo serio, por la pérdida del conocimiento de Hinkle, no tiene tal carácter, pero su cuñado –un pícaro y astuto abogado- (papel a cargo de un Walter Mathau que se sale en su interpretación, y que le sirvió para obtener el Óscar al mejor actor secundario) logra convencerle para poder así obtener una importante indemnización millonaria del seguro del estadio, aprovechando el hecho de la inadecuada colocación de una lona enrollada próxima al borde del campo, en la cual Hinkle tropezó. Ante esta coyuntura, el que en un principio se niega a seguirle el juego a su cuñado, por poseer unas convicciones morales más arraigadas, cambia finalmente de opinión, al ser advertido por el propio abogado de que con la importante suma de dinero que pueden conseguir, atraerá además a su avariciosa exmujer –y de hecho lo hace-, de la cual sigue a pesar de negarlo, profundamente enamorado. Pero cuando ya está el caso ganado, y a causa de que ante todo el cámara es un bonachón y un sentimental empedernido, que es incapaz de asumir el sufrimiento emocional que está padeciendo el jugador causante del encontronazo, una eventualidad que no voy a desvelar permite a los detectives que investigan el caso hacerse con las pruebas necesarias para echar la farsa por tierra.

Esto es lo bueno del cine. Descubrirás siempre sucesivas joyas en forma de películas, de incontables quilates; de una puedes saltar a otras, basta que descubras la primera para que se te abra todo un mundo por delante; y a aquél lector –si lo hay- que haya visto poco o nada todavía de Billy Wilder le diré, con profunda convicción y sin temor a equivocarme, que me quito el sombrero y me doblo en una servil reverencia ante el director que retrató como nadie al ser humano en todas sus facetas, tanto en las más admirables como en las más oscuras y abyectas.

 

Serpico

 

 

Dirigida en 1973 por Sidney Lumet, y basada en una novela escrita por Peter Maas inspirada en hechos reales, Serpico es una película protagonizada por un joven Al Pacino, en una de sus interpretaciones magistrales –posterior a su papel en “El padrino”-, que lleva a la pantalla la canallesca y corrupta conducta de la policía de ciertos distritos de Nueva York en los años 70. Los agentes recibían sobornos por parte de los peces gordos a cambio de dejarles actuar a sus anchas, sobornos de gran cuantía que eran repartidos entre los propios policías, contando con la protección de sus superiores, que todavía estaban metidos en chanchullos peores, y que en general, formaban una trama que desentona en un contrastado claroscuro con la honradez y honestidad a prueba de balas de un joven policía fiel en todo momento a los principios a los que se entregó al jurar el cargo, un policía de raíces italianas que se ve envuelto en un clima altamente opresivo, y que le provoca un claro conflicto personal, en el que debe optar por obrar rectamente de acuerdo con una ética que el sentido común “más común” no aconsejaría seguir, a costa de “delatar” –y lo pongo entrecomillado porque en ningún momento llega a nombrar a nadie en particular ante las autoridades- a sus propios compañeros de departamento, y con las taras añadidas de la degradación y ruptura de su relación con las dos compañeras sentimentales que tiene en el transcurso de la película, y aún más, la tara de su propia salud física y anímica. La interpretación de Al Pacino, que fue merecedora de una nominación al Óscar al mejor actor –la película también fue nominada al mejor guión adaptado-, no representa un héroe estereotipado ni perfecto, pero –y es ahí donde reside el encanto del film- sí un ciudadano de enorme integridad, un tipo de persona que ha escaseado siempre –que tire la primera piedra quien no haya alguna vez antepuesto una norma o regla injusta o inmoral, entendiendo la moralidad como lo que dicta el sentido común de lo que es bueno y de lo que es malo en una versión correspondiente a la intersección, núcleo o máximo común divisor de las éticas individuales, (tanto si esa pauta de conducta nos es impuesta como si es voluntaria)-, y Serpico manifiesta esa extraña integridad con todas las consecuencias vitales que le acarrean, que pasan por la asintonía agresiva con la mayor parte de los agentes con los que se va cruzando y por su decisión final de deserción y comienzo de una nueva vida alejada de tales conflictos. Vista en conjunto, esta película es una gran película, donde lo más flojo quizás sean los actores secundarios, pero cuya actuación en ningún momento devalúa el producto en su globalidad.

24 años después, en 1997, fue dirigida por Curtis Hanson otra película con una temática y guión con cierto parecido, pero independientes, se trata en este caso de L.A. Confidential –la corrupción se halla en este caso en Los Angeles-, protagonizada por Russel Crowe, Kim Basinger y Guy Pierce, y que obtuvo una gran acogida de la crítica y una merecida colección de premios.

He visto las dos películas recientemente y creo que se trata de dos films excepcionales, por conjugar la acción, los sentimientos y voluntades encontrados, y unas interpretaciones magistrales de los actores que los simulan a la perfección. Otra película –más actual, año 2007- también muy recomendable en esa misma línea de la pulsión entre lo antiético políticamente correcto y la integridad en estado puro es Michael Clayton. Aunque a mí personalmente George Clooney nunca me ha entusiasmado, tal vez por haberlo encasillado en base a películas insustanciales en las que ha participado –que para pasar el rato sirven pero para poco más- debo reconocer que me ha fascinado en su papel protagonista en este film que he citado, pues casi se llega a leer en su cara la cal y la arena simultáneas de las situaciones que vive.

Así pues, aquí quedan reseñadas tres buenas películas que merecen ser visionadas y re-visionadas en cualquier momento.

 

Cinco tumbas al Cairo

  

 

Una de mis películas favoritas entre aquéllas cuya temática gira en torno al desarrollo de la Segunda Guerra Mundial, es sin duda “Cinco tumbas al Cairo” (Five graves to Cairo), película dirigida por Billy Wilder en el año 1943, con un emocionante argumento basado precisamente en un guión del propio Wilder.

Al principio de la película, un tanque de las tropas inglesas deriva sin control por las arenas del desierto. En este carro de combate, que escapa autónomamente de las tropas del mariscal Rommel, sólo hay un superviviente, inicialmente inconsciente, que consigue salir del tanque para tratar de encontrar algún refugio. El comienzo del film ya es bueno. Pero lo que sigue es todavía mejor. El cabo Bramble (que así se llama el superviviente) logra encontrar un hotel medio en ruinas en medio del desierto, que resulta ser la antigua base de operaciones de las tropas inglesas, pero donde ahora quedan dos personas sólo, por haber sido bombardeado los días anteriores, el recepcionista y la mujer de la limpieza. Ante el mal estado del cabo, estas dos personas tratan de aliviar la grave insolación, acompañada de delirios, que padece. Pero entonces llegan el mariscal Rommel y todo su séquito a establecerse algunos días en el hotel. El cabo Bramble se ve obligado a hacerse pasar por el antiguo mozo del hotel, el cual murió en el bombardeo, en un principio con el objeto de tratar de matar a Rommel, cosa de la que desistirá cuando advierte que en realidad dicho anterior mozo era un espía al servicio de los nazis. De tal forma que Bramble tratará ahora de congeniar lo suficiente con el mariscal para averiguar en qué ubicación exacta se hallan los cinco “yacimientos arqueológicos” donde el mariscal Rommel tuvo la previsión de guardar años antes de la guerra la suficiente cantidad de combustible, agua, municiones, y en general provisiones, para no tener que depender de las vías normales de suministro, ahora impracticables, y poder llegar así a tomar la ciudad del Cairo.

En líneas generales esta película, cuyo eje principal es el espionaje que desarrolla el cabo inglés para averiguar dónde deberán bombardear los aliados para acabar con los suministros nazis, resulta ser un film de lo más ecléctico, interesante y sobre todo entretenido. En una única película se conjugan elementos como el espionaje, la Segunda Guerra Mundial en África, el amor, la sumisión y hasta la humillación ante el poder del bando alemán –Mouche, la mujer de la limpieza, trata de que saquen de un campo de concentración a sus hermanos, suplicándoselo al mariscal-, la siempre estereotipada mala conducta de los soldados y ciudadanos nazis, que son todos perversos en casi todas las películas del género, sin aparecer como personas con comportamientos éticamente variables como es lo normal -cosa que por ejemplo en «La lista de Schindler» sí se da-. Hasta incluso queda sitio para un humor muy de mi gusto, por la soberbia caracterización del mariscal Rommel por parte de Erich Von Stronheim, que es capaz de imprimir en la misma el genio militar y el carácter cuadriculado del mariscal,  así como el hecho de que en la película aparece un general italiano, aficionado al canto, que es ninguneado por Rommel, y al que prohíben sus ensayos canoros, y que en cierta escena en la que el cabo Bramble ha colgado su chapa identificativa en una botella de whisky para que los oficiales ingleses apresados adviertan que él es inglés, ofrece de beber también al general italiano exclamando éste algo así como : ¿Qué bebida es ésta, mozo?; Bramble, señor; ¿Bramble?, si no supiera que es Bramble, yo juraría que esto es whisky. 

Pero bueno, no puedo desvelar más cosas de este film. Yo lo único que debo hacer es recomendaros esta película, porque sé que habrá mucha gente a la que le gustará, y porque resulta muy entretenida y según mi opinión es buena, como casi todo lo que llevó a la gran pantalla el bueno de Wilder, -habida cuenta de mis limitaciones como crítico de cine-.

 

Crimen perfecto

 

 

En el año 1954 el genial Alfred Hitchcock, sin duda uno de mis directores favoritos dirigió la película “Crimen perfecto” (en el original “Dial M for Murder”), en la que participan el oscarizado Ray Milland –recibió el galardón por su interpretación en The Lost Weekend-, la bellísima Grace Kelly y el conocido actor de aquella época Robert Cummings, entre otros actores.

Ayer volví a verla una vez más, puesto que esta película tiene un argumento y un desarrollo de la acción tan bien estructurado e hilvanado que siempre le puedes sacar algún detalle en cada nuevo visionado. De este film lo primero que hay que comentar obligatoriamente es que se trata de uno de los mayores exponentes del cine de intriga del director británico, el cual parecía tener un sexto sentido para elegir los guiones y guionistas y para desarrollar aquéllos como película. También se debe mencionar que la acción se desarrolla íntegramente en el apartamento de los protagonistas, y que esto condiciona ya de por sí que para que el producto final fuese de calidad se requería una trama lo más ingeniada posible, puesto que lo “único” que se usa en “Crimen perfecto” es precisamente eso: un argumento buenísimo, unos actores geniales y un apartamento. Una buena muestra de cómo ha cambiado el modo de hacer cine.

“Crimen perfecto” trata sobre la práctica del ingenioso y calculado plan que trama el tenista retirado Tony Wendice (Ray Milland) para asesinar a su esposa Margot (Grace Kelly), al averiguar que ésta le es infiel con un escritor de novelas policíacas (Robert Cummings), y con el objetivo añadido de conseguir las riquezas de su esposa por mediación del testamento que ya está regularizado. Para desarrollar su plan, el ex-tenista profesional cuenta con la ayuda de un antiguo compañero de universidad que en la actualidad lleva una existencia turbia y al margen de la ley, y de cuya vida hace profundas averiguaciones, para así poder chantajearlo con el aliciente añadido de una suma de dinero de 1000 libras por el trabajito que le encarga. Valiéndose de una perspicacia, ingenio, agudeza y dotes de persuasión suprahumanas, Tony Wendice logra convencer al ahora asesino a sueldo capitán Lexgate para que desempeñe la tarea que le encomienda, la cual está perfectamente calculada, y que podría ser verdaderamente un crimen perfecto si no ocurriesen ciertas eventualidades que después suceden en la película.

El día previsto para el asesinato, el ex-tenista y el amante de su mujer se van a cenar juntos, quedando ella sola, y cuando el verdugo llega y se prepara para asesinarla, ella se defiende y resulta él muerto. El resto de la película trata sobre cómo investiga el caso el inspector del Departamento de Investigaciones Criminales, en una carrera contra el reloj para salvar de la ejecución a Margot, la cual es declarada culpable de asesinato en el juicio por supuesto homicidio.

A grandes rasgos es éste el argumento, aunque como es lógico la trama es más compleja y está muy bien estructurada. Lo que me gusta más de la película es el lío que se monta en relación a qué llaves son de cada persona, que resulta ser la clave de la película y la razón de que el Inspector averigüe cuáles fueron los verdaderos hechos acaecidos, descubriendo así el plan que tan perfectamente había hilvanado Tony Wendice.

Debo reconocer que esta es una de mis películas favoritas del maestro del suspense, si bien es cierto que ninguna de ellas me parece esencialmente mala. Tal vez fuesen los primeros productos en su trayectoria de director, y no todos, sólo algunas de las películas de su etapa británica, los que me parecen un poco deficientes, en parte por la mala conservación y calidad de los films y en parte porque en aquella época las tramas que llevaba el gran Hictch a la pantalla no estaban tan acabadas como las de su etapa americana. En esta última etapa, la americana, fue cuando puso en práctica verdaderamente su auténtica maestría, legándonos productos tan aplaudidos por todo el mundo como “La ventana indiscreta”, “Con la muerte en los talones”, “Psicosis” o “Los pájaros”, y que lo aúparon como un verdadero maestro del séptimo arte.

 

Poema Nº 20 de «Veinte poemas de amor y una canción desesperada» (Pablo Neruda), como recuerdo a Gene Tierney

 

  

 

  

Gene Tierney fue una actriz de cine norteamericana, muy famosa en la década de los años 40. Participó en algunas películas destacables como «Laura», «Que el cielo la juzgue», o «El fantasma y la señora Muir», y tras un cierto éxito arrastró una mala racha que la llevó por diferentes centros médicos en busca de la cura de sus problemas mentales, y en general una vida desdichada y atormentada, que terminó a causa de un enfisema pulmonar motivado por el exceso de tabaco. De Gene he visto recientemente la película «Laura», un ejemplo de cine noir que deja gratamente satisfecho al espectador, el cual puede verla en este film en su estado puro y admirar la que según mi juicio es la mayor belleza que ha dado el cine de todos los tiempos.

  

Dedico el siguiente poema, escrito por Pablo Neruda en su poemario «20 poemas de amor y una canción desesperada», en concreto el poema número 20, a la memoria de esta bellísima actriz, que tuvo la desdicha de pasar una vida muy infeliz y que a pesar de no ser tan popular como otras actrices -por ejemplo Ingrid Bergman, o Ava Gardner- me ha impresionado en sus interpretaciones, en su candidez y en su hermosura. Algún día escribiré un artículo más extenso describiendo su biografía y obra.

 

Poema Número 20 de «Veinte poemas de amor y una canción desesperada»

Lo dedico a la memoria de la actriz Gene Tierney

 

 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: » La noche está estrellada, 
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos». 

El viento de la noche gira en el cielo y canta. 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Yo la quise, y a veces ella también me quiso. 

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. 
La besé tantas veces bajo el cielo infinito. 

Ella me quiso, a veces yo también la quería. 
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. 

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. 
Y el verso cae al alma como pasto el rocío. 

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. 
La noche está estrellada y ella no está conmigo. 

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. 
Mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Como para acercarla mi mirada la busca. 
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. 

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. 
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. 

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. 
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. 

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos. 
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. 

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. 
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. 

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos, 
mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, 
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. 

 

Pablo Neruda