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El gran diseño, el libro polémico de Stephen Hawking y Leonard Mlodinow

 

 

Hace cosa de dos o tres meses salió al mercado el último libro de Stephen Hawking, con Leonard Mlodinow como coautor. Se trata del libro de divulgación científica “El gran diseño”, y vino acompañado de una gran polémica a escala mundial, aún cuando todavía estaba en las imprentas. Se crearon foros en Internet, los blogs recogían comentarios todos los días, los humanos de todo el mundo esgrimían su más elaborada argumentación para defender su postura personal, a veces había insultos y prepotencia, tanto los religiosos como los ateos se salían de sus casillas. Es natural, es el tema que siempre ha generado más polémica sobre la faz de la Tierra, desde que el mundo es mundo, ha habido guerras santas, abusos de la Iglesia, y también ahora empieza a haber abusos de los no religiosos, que en principio no tienen derecho a privar a nadie de su forma propia de pensar –siempre y cuando no sea de tipo coercitivo, en cuyo caso sí deben tomar medidas-, las ansias de poder han manipulado el libre albedrío y el libre pensamiento de los hombres durante la mayor parte de la historia, pero si los ateos como yo imitamos ahora la forma bárbara con la que la Iglesia se ha manejado como estamento político, en principio no estamos demostrando librepensamiento sino todo lo contrario, que es una dictadura, ni estamos comportándonos dando ejemplo de la buena conducta de la que dicho estamento no hizo gala.

La imparcialidad jamás ha existido. Por mucho que nos abstraigamos de nuestros propios sentimientos a la hora de hablar, siempre, absolutamente siempre, se deja entrever cuál es nuestra verdadera postura ante cualquier tema de discusión. Y esto en realidad es algo fenomenal, puesto que lo contrario indicaría que hemos dejado de ser hombres para convertirnos en máquinas de cálculo. La Naturaleza nos concede al nacer unas cualidades, que en parte son modelables después con nuestra interacción con ella, como prueba el hecho de la epigénesis recién confirmada por la Ciencia. Así pues, aunque en un principio podría parecer que todo nos viene impuesto por Dios (o el Universo para los panteístas como yo), sin embargo ésta no es la realidad, ya que los seres humanos hacemos uso –siempre que nos dejan, claro está, los demás humanos- de nuestro libre albedrío. En principio el futuro es una ilusión que podemos formar en nuestra mente, nosotros sólo notamos el fluir del tiempo por la sucesión de pensamientos que aparecen en nuestro cerebro y por los actos de ellos derivados, con su cronología y orden inherentes, pero las cosas inanimadas están quietas y las cosas móviles se mueven y nosotros no advertimos como se oxidan y deterioran sus moléculas y las nuestras, sólo viendo los cambios que se producen en un reloj o en algún objeto que nos sirva como tal, podemos darnos cuenta de que el tiempo fluye. La gente habla de objetivos y de futuro, de cómo nos irán las cosas y si tendremos suerte. Yo creo que el futuro y el pasado no existen, sino que sólo existe presente, si rememoramos cosas que nos han pasado en épocas anteriores, las seguimos rememorando en tiempo continuo, si nos imaginamos qué haremos dentro de exactamente veinte años también lo estaremos pensando ahora. Por lo tanto, creo muy firmemente en el libre albedrío. Los animales con cierta consciencia e inteligencia tomamos decisiones en nuestro presente. En el momento de tomarlas no sabemos si serán decisiones acertadas o no, a veces las decidimos tirando un dado y otras veces en base a nuestra intuición, sus resultados los conoceremos cuando haya pasado algún tiempo y veamos si la decisión nos reportó beneficios materiales o emocionales o no. La vida es un gran árbol, cuya raíz empieza en nuestro nacimiento y que se va bifurcando a medida que tomamos decisiones. Así pues, los hombres no sólo dependemos de fuerzas extrañas a nosotros, lo que se llamó y sigue llamando Providencia o Dios o Universo, también elegimos nuestro camino en la vida. La idea de Dios surgió como una explicación mística de lo desconocido, pero no una explicación lógica ante los ojos de nuestro limitado cerebro y forma de sentir. Decir que hay una causa primera de todo, que existe desde siempre y que es Dios, es en principio tan absurdo o tan lógico como decir que el Universo existe desde el principio de los tiempos. El Dios en el que creo, que se identifica con el devenir del Universo, es un dios más allá del bien y el mal. Estos dos conceptos, el bien y el mal, solamente residen detrás de nuestras frentes, como todo lo que somos como personas, fuera de nosotros no veo ningún ser que opere basándose en distintas gradaciones de lo que es malo o menos malo o bueno, somos nosotros los que atribuímos a diferentes sucesos el calificativo de bueno o positivo o de malo o negativo. Los Mandamientos de la Ley de Dios son en esencia unos consejos razonables dictaminados por el sentido común que podemos aplicar por imposición cuando todavía no hemos desarrollado nuestro propio código ético personal. Así, hay algo bueno en la religión, con independencia de que los creyentes suelen tener menos miedo a la muerte. Las criaturas vivas que pueblan la Tierra, las que carecen de inteligencia, son seres que no saben distinguir si una cosa es buena o mala, sólo se comportan mediante el empleo de instintos heredados que pervivieron gracias a la selección natural y que muy probablemente fueron adquiridos gracias al concurso del azar. Se me ocurre ahora un ejemplo de esto, por mi afición por la ornitología. El mirlo común (Turdus Merula) es un pájaro de la familia de los Túrdidos, con un canto muy aflautado y agradable, y que suele resonar en nuestros campos cuando para de llover, como si al haberse mojado le entraran las ganas de cantar. El mirlo construye nidos de tamaño proporcionado a sus propias dimensiones físicas, empleando barro para cohesionar las ramitas, a modo de cemento. Qué maravilloso misterio reside en el comportamiento de los pájaros. Las aves se cortejan y construyen un nido, y nunca o casi nunca se apartan de las costumbres propias de su especie, esas costumbres sirven incluso para identificarlas. En las épocas de migración, se reúnen en grandes bandadas, y siguen a un líder. La dinámica de las grandes bandadas sería digna de un interesante estudio matemático. Pero siguiendo con lo que comentaba, … ¿quién le dice al mirlo que debe usar barro para cohesionar el nido?¿Lo ha aprendido?. En realidad yo creo que en parte lo ha aprendido, que en parte lo ha heredado, y que en parte ha tenido suerte. Pienso que los ancestros de los mirlos en algún momento de su evolución biológica, por casualidad, dado que se alimentan de gusanos que suelen habitar el barro o la tierra mojada, arrastraron porque la Providencia así lo quiso una pequeña cantidad de tierra húmeda al nido que estaban construyendo, en el momento justo siguiente a su hora de la comida, y una vez en el nido en construcción, gracias al continuo pisoteo, apareció el milagro de que el nido tenía cohesión. Lo que sucedió después es que los mirlos –o ancestros de ellos- que hacían así sus nidos, obtenían ventaja, por ejemplo porque un nido fuerte no deja caer a sus inquilinos al suelo si éstos son pesados o revoltosos, y por tanto tienen mayores posibilidades de sobrevivir, y entonces entró de nuevo en acción la Providencia, que se encargó de seleccionar en cierto modo aquéllos especímenes que adquirieron tal costumbre dándoles mayores probabilidades de seguir perpetuando su especie. Hasta que la costumbre pasó a formar parte de la misma y quedó registrada de algún modo físico como distintas cadenas de nucleótidos formando genes en su biblioteca genética. Opino que la aparición de la inteligencia humana tuvo también mucho que ver con el azar y con la emergencia de buenas propiedades globales en sistemas complejos. La idea de la evolución de las especies por selección natural es la idea más poderosa, bella y a la vez simple que ha concebido una mente humana. Debió de sentirse muy orgulloso de ella Charles Darwin, uno de los genios indiscutibles de la humanidad, y debió de disfrutar muchísimo su concepción, lo tuvo que pasar verdaderamente en grande. No es para menos. Pero Darwin padeció en vida sentimientos encontrados por culpa de sus ideas, ya que su esposa Enma era una ferviente religiosa, y la concepción de una Naturaleza que se explica a sí misma mediante el concurso de sus leyes propias, sin la participación de ningún ente divino o sobrenatural, que supuso una Revolución Intelectual sin apenas precedentes, y que contradecía lo escrito en la Biblia, no era una idea al gusto de su mujer, como todavía no sigue siéndolo ahora para los seguidores del creacionismo y en general para muchos religiosos del mundo entero. En Estados Unidos no está permitido enseñar religión en los colegios. En su lugar se ha adoptado una solución de compromiso consistente en atribuir un diseño divino de naturaleza teleológica, esto es, orientada al fin, a todas las criaturas que pueblan el Mundo, que son como son porque Dios las diseñó así con un planteamiento “a objetivos”. Y esto es una mentira, a la luz de la Ciencia actual. Si queremos que la Verdad impere en el mundo no podemos consentir las falsedades, siempre y cuando esté claro cuál es la Verdad, existen opiniones científicas de expertos que concuerdan y que en principio pierden más que ganan por el hecho de contar falsedades, es para ellos mejor contar la Verdad. Detrás de la falsedad siempre hay un interés, normalmente para el beneficio de unos pocos. Así pues, el diseño inteligente, que en teoría genera órganos animales perfectos y perfectamente adaptados al empleo que se hace de ellos, cuya perfección no es tal (ojos que ven mal, oídos que no oyen ciertas bandas de frecuencia, …) es una mentira que no deberíamos asumir como cierta ni popularizar, y debería ser desterrada de la enseñanza, conservándola sólo a modo anecdótico.

Hasta ahora sólo me he limitado a introducir el tema de la pulsión continua entre Providencia y libre albedrío, según mi propia manera de pensar. Pero a continuación entraré ya de lleno en lo que realmente pretendía, que es hacer mi comentario y reflexión personal sobre el contenido del libro “El gran diseño”, que leí en estas Navidades. “El gran diseño” comienza con una remembranza sobre la mayor revolución que ha habido en el pensamiento humano, y que se desencadenó en una sociedad de artesanos y mercaderes de las islas occidentales de la actual Turquía, que en aquel momento pertenecían a Grecia, el archipiélago Jonio. Allí nació la idea del Cosmos, la grandiosa idea de que hay un orden en el Universo y que puede ser aprehendido por los hombres. Supuso el nacimiento de la Ciencia como tal. Prohombres como Tales de Mileto, Anaxágoras, Empédocles o Anaximandro pusieron en práctica esta concepción creando las primeras y rudimentarias formas de entender el mundo o teorías, y que en algunos casos estaban bien poco apartadas de la Verdad, como se supo mucho después. Algún tiempo más tarde apareció la teoría de epiciclos sobre deferentes del modelo geocéntrico de Ptolomeo. Tuvieron que pasar muchos siglos hasta que le surgiera una competidora, la teoría heliocéntrica de Copérnico, que ya había sido ideada por Aristarco de Samos en la época Jonia, pero que cayó en el olvido, como una gran cantidad del conocimiento albergado en la antigua Biblioteca de Alejandría. En el libro de Hawking se comentan en relación a este particular las diferentes doctrinas epistemológicas o de filosofía de la Ciencia que han sido tomadas en cuenta a lo largo de la historia. Así, Hawking y Mlodinow distinguen entre realismo o materialismo –cuando asumimos que existen en el Universo verdades indiscutibles que están ahí afuera esperando a que las descubramos-, idealismo –cuando mantenemos que nuestra posición de observadores pertenecientes al propio Universo condiciona que nuestra propia visión del mundo es genuina nuestra y que todo lo que pensamos sobre el exterior es en realidad producto de nuestra mente-, y una doctrina que es un poco una mezcolanza de las dos anteriores, que es el realismo dependiente del modelo –cuando pensamos que en principio pueden existir distintas formas o modelos de reflexión sobre los objetos y que en principio no tienen por qué ser unos verdaderos y los otros no, sino que por nuestra propia conveniencia nos puede interesar para según qué cosas el ver el mundo de cierta manera y según que otras de otra totalmente distinta-. En este punto los autores ponen como ejemplo la concepción propia del mundo exterior de un pez que habita en una pecera de cristal curvado. Para el pez los movimientos que nosotros vemos como líneas rectas serán líneas curvas. ¿Está el pez errado o lo estamos nosotros?¿Quién nos dice a nosotros que nuestros sentidos e instrumentos han de ser el patrón o vara de medida estándar?. Esto no es así. En principio ambas concepciones no tienen por qué no estar en pie de igualdad. Esta forma de pensar nos lleva a concluir que si tanto el modelo geocéntrico como el modelo heliocéntrico explicaran las retrogradaciones de los planetas errantes con igual grado de exactitud –cosa que podría suceder si sobre los epiciclos principales colocáramos otros epiciclos de menor tamaño y así sucesivamente, limando la incongruencia entre el modelo de Ptolomeo y las observaciones al máximo- en principio deberíamos asumir ambos modelos como válidos porque ambos explican la realidad de manera prácticamente exacta. El realismo dependiente del modelo se ha impuesto en la física actual. Así, podemos explicar la misma realidad de formas muy diferentes. El hecho de que la luz se comporte como una onda y también como un conjunto de partículas es un ejemplo. En el reino de las grandes masas y velocidades, a escalas macroscópicas, los especialistas utilizan la teoría de la relatividad general de Einstein. A escalas menores se usa la mecánica newtoniana como modelo, y de hecho funciona de maravilla a la hora de construir puentes o edificios, y a grandes velocidades y masas ésta no es tan exacta como la relatividad. A escala subatómica se utiliza la mecánica cuántica, que a pesar de ser muy poco intuitiva realiza predicciones asombrosas con un grado de precisión mayor que el de las otras teorías. Sin embargo ni las teorías de Einstein ni de Newton tienen nada correcto que decir cuando hablamos de partículas. Desde los años 50 del siglo pasado se evidenció un nacimiento de nuevas teorías, intentos de unificar las fuerzas de la naturaleza –fuerza gravitatoria, fuerza electromagnética, fuerza nuclear fuerte (responsable de la cohesión del núcleo atómico) y fuerza nuclear débil (responsable de la radiactividad)- en una sola teoría. Así, Richard Phillips Feynman, Tomonaga y Schwinger, recibieron conjuntamente el premio Nóbel de Física, por desarrollar de forma independiente unos de otros la primera de las teorías cuánticas de campos, más concretamente, la teoría de la electrodinámica cuántica, la cual explica mediante partículas de materia y mediante partículas de energía, y mediante sus interacciones recíprocas, los campos electromagnéticas. Después, años más tarde aparecieron otras diversas teorías cuánticas de campos, como la teoría electrodébil, que unifica el electromagnetismo con la fuerza de interacción débil, o la cromodinámica cuántica, una teoría cuántica de campos para la fuerza de interacción fuerte. Finalmente, a medida que pasó el tiempo, se fue afianzando la búsqueda de una teoría del Todo –ya Einstein la persiguió infructuosamente-, al que se le ha dado el nombre de Teoría M (quizás “M” de “Maestra”), y que todavía no se ha hallado. Actualmente, muchos científicos de todo el mundo opinan que la ansiada Teoría M se identifica con la Teoría de Cuerdas, una familia de distintos modelos del Universo que se aplican en distintos rangos de observación y que parte de la suposición de considerar las partículas no como puntos, sino como pequeñas cuerdas, cuyos distintos modos de vibración originan sus interacciones, ondas, o fuerzas que provocan. En realidad, existe una corriente de pensamiento muy popular en antagonismo con la Teoría de cuerdas, y que basa sus objeciones en los hechos poco afortunados de que hasta el momento no se ha contrastado empíricamente ninguna de las afirmaciones de tal teoría, así como en que existen variables en dicha teoría que se deben suponer con un valor concreto forzado para que sea coherente, o que el espacio está formado por 3 dimensiones extensas que se curvan en una cuarta, y muchas más –hasta 7 más- compactadas localmente a escala subatómica. Un conjunto de muchas peregrinas suposiciones. Pero existe la esperanza de que cada teoría de cuerdas particular, dentro de su gran familia, explique un rango del mundo observable.

Y entramos ya de lleno en el asunto principal del libro,… ¿es capaz el Universo de aparecer de la nada?¿Por qué hay algo en vez de nada?. Para responder a esta pregunta, Hawking y Mlodinow comienzan hablando del principio antrópico en cosmología. El principio antrópico viene a establecer que dado que es un hecho que estamos observando el Universo, también debe suceder que las leyes del mismo deben haber sido y de hecho son favorables a nuestra existencia, y esto nos da una vía para entender la historia del Universo de arriba hacia abajo, es decir, desde la actualidad hasta el Big Bang, en contra de la forma de abajo hacia arriba clásica. Para explicar su postura, los dos autores se auxilian del concepto de múltiples historias de partículas que aportó Richard Feynman a la física moderna, y que viene a dictaminar que dado un conjunto de partículas que co-evolucionan, si asociamos un número o fase a cada una de sus posibles historias temporales, aquellas historias que sean parecidas arrojarán números de fase muy similares y se sumarán sin apenas cancelaciones mutuas –entendiendo el número de fase como un número complejo de módulo unitario y de ángulo variable- dando lugar a un número complejo de gran módulo. Por lo tanto, aquellas historias que sean muy parecidas son las que arrojarán mayor probabilidad en la medida de su ocurrencia, pues dicho número complejo mide en realidad tal concepto, y de este modo la historia del universo puede ser entendida como aquel conjunto de historias de todas sus partículas que arrojan la mayor amplitud de probabilidad. Y llegados a este punto, los autores conciben el Big Bang como el resultado de una fluctuación cuántica que por “selección universal” sobrevivió y dio lugar a nuestro Universo actual, maximizándose de este modo la probabilidad de su historia. Algo así como cuando vemos burbujas en una botella de champán. Algunas se desintegran prácticamente de manera instantánea, pero existen otras que por sus condiciones físicas o leyes locales perviven y aumentan deshaciéndose un poco después.

Desconozco cómo ha empezado el Universo, yo no soy más que un aficionado a la Ciencia y un admirador de lo que ésta nos ha proporcionado, no creo que exista hoy en día ningún científico en realidad que conozca cómo empezó todo. Hay todavía muchas lagunas, algunas de las cuales a lo mejor resultan ser insalvables para nuestros medios de medida y para el intelecto humano. Aún así, reconozco que lo que proponen Hawking y Mlodinow –pues nadie puede quitarme mi derecho a opinar, aunque diga cosas que después no resulten ciertas- es una idea evocadora y bella, que no nos reduce a materia corriente del mismo modo que tampoco esto sucede cuando se reconoce que nuestros átomos fueron cocidos en los hornos estelares que después explotaron como supernovas. Si Darwin pudo abstraerse de la acción de divinidades para concebir y demostrar la realidad biológica sobre la faz de la Tierra, parece una extensión natural y completamente lógica el creer en un mundo autoexistente y evolucionante. Se trata de una gran idea. Pero podemos conciliar nuestra inquietud existencial con la ciencia. Podemos y debemos respetar a los que no piensan como nosotros. El respeto es la base de la convivencia, y la educación lo primero que se aprende en la escuela. Dios puede existir y puede estar en todas partes. Es un Dios que engendra las cosas más bellas y hermosas, como el gorjeo de un pájaro y la hermosura encarnada de una rosa, que escribe un libro infinito en cada brote resplandeciente de hierba, en cada árbol, en cada río, en nosotros mismos, somos los ojos de Dios, nos engendró para que se pudiese festejar a sí mismo, a veces son angustiosos sus designios, pero casi siempre esperanzadores, su único defecto es que no posee ética, pero para eso ya estamos sus hijos, los humanos. Esta grandiosa belleza que hay por todas partes, este orden matemático que subyace, son las manifestaciones de su poder infinito y de su eterno cariño. Porque Dios es Uno y Todo. Porque Dios es el Universo mismo.

 

Investigaciones, de Stuart Kauffman

 

 

He leído hace unos años un libro de un profesor emérito de biología americano llamado Stuart Kaufman, cuya lectura me resultó muy interesante y amena. El libro se titula “Investigaciones”, y en él se buscan las condiciones elementales para la vida en cualquier mundo. La conclusión a la que llega es que para que un organismo sea un agente autónomo, esto es, un ser con capacidad para adaptarse al medio y utilizarlo en su propio beneficio, debe ser un compuesto molecular autocatalítico en el que se produzca al menos un ciclo termodinámico. Autocatalítico en el sentido de que debe estar en contacto con enzimas (o catalizadores) que permitan el ensamblado de la molécula viva según las reacciones químicas pertinentes y su autoreplicancia -reproducción-, reduciendo la barrera de potencial que separa reactivos y complejo activado. En realidad esas enzimas, en las formas vivas que conocemos, van ligadas a la molécula en sí. Por eso decimos que se autocatalizan. Sin embargo, S. Kauffman da un paso más, y dice por ejemplo que probablemente podría ser posible que algunas moléculas cooperativamente se catalizasen, una parte de A ayudaría a catalizarse B y una parte de B ayudará a catalizarse A, dando lugar a más moléculas A y B. El hecho es que incluso podría ser que, a partir de una sopa de moléculas inicial de muchos tipos éstas se fueran uniendo, de forma que cuando la relación moléculas/conexiones fuese en torno a 2, emergerían de la sopa moléculas muy grandes con posibilidad de catalizarse a sí mismas.

Por lo visto, hasta el momento se han conseguido moléculas que se catalizan y dan lugar a otras moléculas que las contienen, pero todavía no se ha logrado que ejecuten algún ciclo termodinámico. Y no tendrían por qué ser únicamente las moléculas orgánicas -basadas en el Carbono-, las presentes en otras formas vivas.

En el libro “¿qué es la vida?”, de Schröedinger, se planteó una intuición brillantísima en torno a los ladrillos de los que estamos construidos -del ADN que forma las proteínas-. Resulta que Schroëdinger, unos 20 años antes del descubrimiento de Watson y Crick, razonó que nuestras moléculas constituyentes no podrían ser sólidos o cristales regulares, porque la información que contienen está contenida en uno de los ciclos que se repiten, y es por tanto poca. Razonó que serían cristales aperiódicos. Y acertó. Se adelantó al descubrimiento de la doble hélice dextrógira a base de nucleótidos adenina, timina, guanina y citosina.

Al final resulta -según Kauffman- que hay un gran paralelismo entre el segundo principio de la termodinámica y la evolución natural. El segundo principio de la termodinámica establece que la entropía nunca disminuye, esto es, las moléculas chocan entre sí y las que van más rápido se frenan con las otras y las más lentas adquieren velocidad, hacia una situación por tanto de equilibrio térmico, con una gran cantidad de “información térmica” acumulada en el conjunto de todas las moléculas. La evolución natural, siguiendo los procesos de recombinación, mutación y selección natural da lugar por su parte a especies con cada vez más información condensada en su ristra de ADN. Hay cierto paralelismo entre ambas situaciones.

Una de las conclusiones de la biología de Kauffman es que la selección natural por sí misma no explica el fenómeno natural. Es la teoría de la complejidad coadyuvando con la selección natural la que, en virtud a la mera espontaneidad del azar, explica las formas naturales emergentes. Es como si del caos apareciera el orden.

Para los interesados en complejidad, matemáticas y biología, les propongo el libro “investigaciones”, de Stuart Kauffman, Metatemas, Tusquets Editores.